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La cultura del esparto, lo que nos distingue, celebra su declaración como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural

Cieza.es | 20 de mayo de 2019 a las 13:36

La cultura del esparto en Cieza no existiría sin la labor del Museo del Esparto, que abrió sus puertas en 2013 en los locales del Club Atalaya Ateneo de la Villa. Pocos vestigios industriales quedan en la ciudad de aquella etapa manufacturera decisiva, pero la memoria genética de los ciezanos sigue albergando, con todo motivo, las imágenes de una época histórica de luces y sombras. Con clara intención de cuidar al máximo su rico patrimonio, el Museo del Esparto celebró este domingo en la Esquina del Convento la declaración gubernamental de la cultura del esparto como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. "Las cosas están cambiando en Cieza -dice un octogenario espartero-, pero nuestras tradiciones resistirán. Las llevamos en nuestros genes". En ningún otro lugar se mantienen como aquí las costumbres y la memoria del esparto.

Los ciezanos deben coger el acto que ayer organizó el Museo del Esparto y guardarlo en un cofre, entre algodones, y así hacerse un gran favor como personas y como pueblo. Porque si no tuviera este centro museístico nada indicaría que aquí hubo una industria sólo equiparable con otros emporios manufactureros. Todo se reduciría a lo que cuentan los libros de texto y al encomiable trabajo de investigación que desarrollan divulgadores locales. Sin embargo, Cieza tiene la suerte de contar con una entidad que, junto a su equipo y a quienes les antecedieron como impulsores, ha logrado que sobreviva este legado.Y lo ha hecho sin apenas medios económicos y a veces sin el apoyo de instituciones que se deberían haber volcado con la misión que, desinteresadamente, llevan a cabo desde su apertura al público hace seis años.

Como todos los grandes proyectos, el museo de la calle Pablo Iglesias tuvo un creador, un colectivo de personas que lo hizo nacer para que creciese y tuviese una misión de salvaguarda. Ese alguien fue el Club Atalaya Ateneo de la Villa, una asociación presidida por Antonio Balsalobre que a principios del siglo XXI comprendió la necesidad de que el extraordinario legado de esta seña de identidad tan ciezana y de la memoria obrera de quienes la hicieron posible se conservara y se expusiera en el mismo recinto, en un edificio de nueva planta comparable a los que ya existían en la ciudad para otros fines museísticos. Una idea que fue calificada de audaz y compleja. La historia de este museo dio comienzo en 2013. Con ello se hacía realidad un sueño largamente acariciado, ahora completamente consolidado.

Nada más entrar en sus instalaciones, en un lateral de la sala se alza un juego de mazos de los mil seiscientos ochenta y nueve que un día pertenecieron a algunas de las veintitrés fábricas de picar esparto, ubicadas en el término municipal de Cieza. En las salas de la segunda planta, el visitante realiza un recorrido por la historia de esta fibra natural a través de algunas de sus piezas, enseres, materiales, documentos y fotografías más icónicas. Sus vestigios actuales muestran la imagen de una Cieza espartera que deberíamos ser capaces de preservar y poner en valor para las nuevas generaciones como un documento histórico. Porque si perdemos la memoria, nuestro bagaje cultural desaparece. Solo conociendo nuestra historia y los errores cometidos en el pasado podremos evitarlos.

Un museo etnográfico viviente. La visión de la Esquina del Convento en la mañana de ayer era una de las mejores vistas con las que alguien de fuera puede inaugurar una visita a Cieza. Cultura a pie de calle. Si algo les sobra a los organizadores es imaginación. De su Museo del Esparto salieron muchos recuerdos para celebrar la declaración gubernamental de la cultura del esparto como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial. Y es que del edificio que lo contiene también estuvo vivamente representado por sus voluntarios y colaboradores. Buena parte de los materiales y enseres expuestos proceden del museo. Todavía muchas personas se aferran a unas tradiciones de honda raigambre. Al aprender usos y costumbres del pasado, el grupo participa de un resurgimiento cultural impulsado por las nuevas generaciones.


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