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Antonio Montiel García 'Monty' recupera la memoria de un célebre bar de copas en un libro de relatos

Cieza.es | 20 de mayo de 2019 a las 10:21

Antonio Montiel García 'Monty' tiene talento para encontrar momentos divertidos en los detalles más nimios. La pasión entre el autor y "el mejor negocio de mi vida" queda plasmada en 'Historias de La Calle y otros relatos' (Vermont, 2019), un libro conectado a través de una serie de historias que pueden leerse independientemente, pero que también forman parte de una sola narración. Mezclando la visión intimista y cotidiana de un bar de copas llamado La Calle y el humor, el autor dibuja una extravagante galería de personajes reales cuya aparente frivolidad esconde un fondo humano y una aguda indagación sobre la vida. Con una prosa suelta, insolente e irónica, describe un microcosmos con el que resulta difícil no reírse a carcajadas.

Con curiosidad se acerca el lector a esta primera publicación, una entretenida y, en ocasiones, hilarante compilación de vivencias, de Antonio Montiel García 'Monty' (Cieza, 1959), con la que, además, "constituye un acomodo para su memoria". 'Historias de La Calle y otros relatos' (Vermont, 2019) se lee bien por más que estén un tanto disparatadas las historias que reúne. No ha pretendido meterse en muchas honduras y se limita a narrar bien las situaciones y los personajes que la protagonizan. El lector asiste a la rememoración de lo que vivió el autor cuando estuvo al frente de La Calle, un bar de copas que abrió sus puertas en 1987 y que echó la persiana cinco años después en su emplazamiento de la calle Reyes Católicos. El elemento que agrupa los relatos es este establecimiento donde confluyen algunos de sus protagonistas. Más allá de la coincidencia en el escenario, los personajes de algunos relatos aparecen luego como simples secundarios en otros.

El libro está compuesto por una serie de textos, incluido la suerte de prólogo al libro elaborado ingeniosamente por el columnista Bartolomé Marcos, a modos de relatos que pueden considerarse independientemente, pero que estructuran una única narración. Y en su primer texto, aviso para los lectores, que abre la publicación, el escritor advierte de su cometido: "Son andanzas de una alegre y alocada juventud". El ambiente social está bien apuntado y bien utilizado para construir textualmente cada uno de los recuerdos. Así, que en este singular centro de relaciones sociales sirvió para vivir algunos de los momentos más inolvidables de una generación de jóvenes ciezanos. Pues bien, de todo ello hay en su contenido. El lector de entre 40 y 65 años encontrará en sus páginas muchos momentos vividos en un local que estuvo de moda. "Lo he escrito porque me lo debía a mí mismo, a todos mis clientes y, por extensión, a todo el pueblo de Cieza. Son historias que no quería que se perdieran con el paso del tiempo con el fin de entretener y distraer a los lectores".

El repertorio de situaciones para mostrar esa manera de concebir un bar de copas es muy diverso. La sencillez del lenguaje cuadra a un texto que pretende ser una explicación para amigos y conocidos. No es, por supuesto, un libro serio: su autor no hubiera podido escribirlo sin dejar de ser él. Es, eso sí, un libro lleno de sentido del humor que no impide algunas metáforas o imágenes embellecedoras. Es un trabajo valiente, pues Montiel tira por la calle del medio -nunca mejor dicho-, sin contemplaciones, sin medias tintas, para contar anécdotas, chascarrillos y experiencias relacionadas con la vida nocturna del local y de sus clientes. En él se condensa el estilo directo y entusiasta de este ciezano. Son piezas sobre la importancia de la alegría de vivir. Estas narraciones también son una gran manera de acercarse al perfil de personajes tan curiosos como José María 'El Mosqui', El Marqués, Diego Marín Barnuevo 'Tito Diego' o Niño Mozo. Es un ramillete de perfiles contrapuestos e imágenes de una Cieza nocturna que olía a humo de tabaco por todos lados, a la vez que un testimonio sensible y divertido de los contrastes de la sociedad de finales de los ochenta y principios de los noventa del siglo XX.

El aula de la Fundación Cajamurcia era este viernes por la noche el marco más adecuado para la presentación por su proximidad al local original que albergó La Calle y allí se le dio homenaje por parte de una ciudadanía que aún la conserva en sus recuerdos o quizá en la memoria de sus recuerdos de juventud. Lo mejor del acto fue el propio autor, acompañado por Bartolomé Marcos y José Luis Vergara, y el cariño que le profesan familiares, amigos y antiguos clientes. Lo peor, la evidencia de que la memoria naufraga si no hay voluntad de divulgar lo que aún es y de acercarlo a lo que fue. Y es que era un lugar donde a veces, entre 1987 y 1992, iban los jóvenes y no tan jóvenes a tomar una cerveza mientras hablaban de coger la luna con un lazo, como en las películas de Frank Capra. Y es que cada pueblo tiene sus bares. Algunos amables y discretos puntos de encuentro; otros, como diría Joaquín Sabina, más útiles al pecado. La Calle era uno de esos que, sin quererlo, con el tiempo la clientela y un modo particular de servir se convirtió en un lugar de cita obligada, favorable a la charla y también al flirteo, emblema de una época y escenario de las más curiosas historias.


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