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De cómo unas recreaciones históricas extraordinarias están catapultando a las Fiestas del Escudo

Cieza.es | 13 de mayo de 2019 a las 12:05

El dedo índice al cuello en un gesto de degüello y una mirada hacia el Puente de Hierro. Es la señal. Las tropas nazaríes arrecian el paso. El ritmo de los tambores que asciende desde el Puente de los Nueve Ojos, unos cientos de metros más al fondo, se asemeja inquietantemente al latido de un corazón. Lo acompaña el sonido de los disparos con los que los arcabuceros escopetean al aire. Mientras, en la margen izquierda del río Segura, los cristianos aguardan la llegada del enemigo. Es una tarde calurosa de primavera en Cieza. Esculpido al otro lado del puente, el Balcón del Muro parece el escenario de un relato del medievo. Dominando la huerta y el puente que cruza el río, no cuesta mucho imaginar que el rey Abu-l-Hasan pasara por él de camino a la villa para saquearla y apresar a sus moradores aquel fatídico 6 de abril de 1477. Cada momento de la recreación del ataque es único, y es cuestión de estar en el lugar exacto en el momento perfecto. Imagínese viajar hasta la Baja Edad Media, vivirla y volver. Una ligera brisa devuelve bruscamente al espectador al presente.

Los cristianos se abren paso con arrojo por una masa de tropas bien pertrechadas que a veces se antoja invencible en su vastedad y otras, poco más que un adversario sin piedad, razón por la cual es una temeridad hacerle frente. Para quienes se enfrentan al invasor, estas consideraciones no son desdeñables. Pero a la hora de la verdad, una norma impera sobre las demás: aquí, en la Cieza del 6 de abril de 1477, uno hace lo que haga falta. Muchos son vecinos de la villa que esperan contener el ataque. Algunos campesinos, con sus hoces a cuestas, ofrecen resistencia. Otros, protegidos por escudos y cotas de malla, empuñan espadas. Se hace lo que haga falta por defender la villa. Se oyen arengas, rifirrafes, oraciones, gritos. Huele a pólvora y a muerte. Huyen los niños, caen hombres y mujeres, y las últimas huestes nazaríes sacan partido de aquello que sus compañeros de armas dejaron tras de sí. Estamos en pleno cautiverio de los supervivientes y el río fluye bajo y turbio. Planean los vencejos en el cielo. Al atardecer, la cálida luz del sol ilumina el muro ocre.

Es un escenario. Pero no uno convencional, entendido como un tinglado de madera al que se suben los actores. El Muro de Cieza, con la ermita de San Bartolomé en lo alto y el Puente de Hierro a sus pies, se presta todo él a la evocación de una trama, con suplanteamiento, nudo y desenlace: el hecho histórico del saqueo de Cieza. El sol está a punto de caer, y los rojos del atardecer constituyen el primer y extraordinario telón de fondo. Lo primero que se atisba desde el Balcón del Muro es la delgada estela azul del río Segura rodeada por completo de una exuberante masa de un verde intenso. Completamente volcado a la huerta a través de una enorme muralla de piedra, este mirador que se asoma a la huerta se ha convertido en uno de los mejores puntos de la ciudad para observar atardeceres y, por supuesto, para disfrutar de la espectacular reacreación histórica. Cuando la Hermandad de San Bartolomé se propuso sacar partido al origen histórico de la divisa del escudo de Cieza, 'Por pasar la puente nosdieron la muerte', nunca imaginó que pudieran llegar tan lejos en tan poco tiempo.