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La belleza impasible de la Procesión de los Hijos de María en la noche del Jueves Santo ciezano

Cieza.es | 19 de abril de 2019 a las 12:29

Al atardecer, y después de que la lluvia da una tregua, la tenue luz de los últimos gajos de sol ilumina la piedra ocre del campanario de la Asunción, donde la claridad desciende poco a poco del cielo. El esplendor sucede cuando Nuestra Señora de Gracia y Esperanza dobla la calle Diego Tortosa esquina a San Pedro. La sagrada imagen se detiene en su cima y enfila la plaza Mayor. El tintineo de las barras del palio al moverse resuena entre el público agolpado en las aceras, y su rostro luce como faro de promesas cargadas de emoción y devoción. Más tarde se diluye en un fervor dorado que se enfría hasta ser una sombra plateada. Cuando da la espalda el trono, un mosaico de flores y plantas reposa.

Es fácil ver por qué miles de ciezanos y visitantes aprecian la Procesión de los Hijos de María (1976) , con todas sus virtudes, como parte inherente al Jueves Santo. Es un imán irresistible para mayores, jóvenes y niños en busca de la viva imagen de una Semana Santa que quiere ser de interés turístico internacional.

No cabe duda de que es un verdadero regalo para la vista, y no sólo por la belleza del manto floralde Nuestra Señora de Gracia y Esperanza que no deja de ser un trabajo de filigrana, con gran vistosidad, sensibilidad y delicadeza. La contemplación de su sereno rostro produce en el corazón del espectador un vago temblor de estrellas.

Cieza revive el dolor de la Virgen en un día que se suele esperar con cierta impaciencia. Y es que este desfile seduce con la estética sevillana de su bello trono plateado. Le acompaña el cortejo de manolos y manolas en una procesión perfectamente coordinada que permite, a la imagen del escultor Manuel Carrillo García, exhibir todo su esplendor.

La vista de la calle San Pedro es casi tan hermosa como la de un paisaje, ahora con la imagen de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza arropada por una multitud. Cuando llega este día tan señalado las calles empedradas del casco antiguo se convierten en un lugar acogedor. Abrigado por los cuatro costados, el público abarrota las aceras. Luce como de costumbre un extraordinario manto de flores que despierta la admiración de todos.