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Vira León&Jazz Hot pone la música mientras Abellán Juliá desborda creatividad en la plaza de San Bartolomé

Cieza.es | 16 de marzo de 2019 a las 12:41

Desde el pasado 1 de marzo el plan turístico Floración cuenta con un atractivo más que sumar a la amplia lista: 'Afterwork&Pasajes Floración'. A primera vista, dos cosas llaman la atención nada más pisar la plaza de San Bartolomé: la voz aterciopelada de una cantante de jazz y la creatividad en vivo del artista Abellán Juliá. La visión de este recoleto entorno al anochecer es una de las mejores vistas con las que alguien de fuera puede inaugurar una visita a Cieza. Es una lástima tener prisa, porque esta actividad debe disfrutarse poco a poco, con mucha calma. Quiera o no, uno acaba terminando en el interior de la pequeña ermita, pero basta subir una escalera para descubrir el Conjuratorio. Ésa es una sala singular, tan unida a la historia de los ciezanos a lo largo del tiempo. En cuanto se atisbaba una tormenta que amenazara las cosechas, los vecinos corrían para conjurarla.

Con el recuerdo aún vivo en la primera cita del pasado 1 de marzo marcado por la simbiosis de la música de Carlos Vudú con la comida servida por Bar Restaurante Gomis en el Museo del Esparto, la propuesta 'Afterwork&Pasajes Floración' conquistó este viernes un espacio esencial para atraerse visitantes que frecuentan el casco antiguo de Cieza con ocasión del plan turístico Floración. En esta segunda cita el centro de gravedad se desplazó hacia la plaza de San Bartolomé. La vida social se concentraba en este espacio público cargado de historia, donde uno podía escuchar en directo a Vira León&Jazz Hot o toparse con la creatividad desbordante en el universo pictórico del ciezano Abellán Juliá. Otros se quedaban del lado de la furgoneta atendida por Bar Restaurante Gomis, con bocados tan sugerentes como carrillera de chato murciano a la jardinera, acompañada de una sencilla delicia: el quinto de Estrella de Levante. Si lo que buscaba era tapear bien disfrutando de un concierto o contemplando a un pintor, y visitar un monumento que emana historia y leyendas, la anteriormente denominada placeta del santo era el lugar ideal.

Lo primero que se observaba entrando a la calle La Parra, segundos después de doblar la esquina con Cid, era la iluminación de la ermita de San Bartolomé. De camino a la plaza en la que la Casa de la Encomienda y el pequeño templo hacen córner, costaba no detenerse en la zona habilitada por la organización, que invitaba a quedarse. Y es que esta actividad con anglicismo incluido no se parece a nada de lo que te contaron que te encontrarías, pero que, a pesar de su curiosa combinación, posee una coherencia extraordinaria. El objetivo es que todo el mundo pueda disfrutar de su particular floración, y para ello, "se ha creado un espacio único donde la música, las artes plásticas y la gastronomía se dan cita para reconocer el patrimonio". Efectivamente, el patrimonio "se convierte en el escenario en que el arte y la música se fusionan". Lo mejor era atrincherarse en aquellos lugares que daban al escenario, menos expuestos a las conversaciones de la barra y más a la contemplación del grupo de jazz. De no ser factible, siempre quedaba el regusto de hacerlo desde mucho más atrás, repantigado sobre uno de los asientos.

La plaza de San Bartolomé, lejos de la bulliciosa Esquina del Convento y a pocos metros del mirador natural del Balcón del Muro, alberga en uno de sus costados la ermita del Santo Patrono que da nombre a este rincón pintoresco del casco antiguo. Tras los viejos muros del Torreón del Homenaje de la fortaleza atesora un acervo cultural y religioso cuya custodia y salvaguarda recae en la Hermandad de San Bartolomé. El que más, seguramente, es la talla del escultor Manuel Juan Carrillo Marco. Y es que se encuentra enclavada en el corazón histórico de la ciudad, que condensa esa sensación a moros y cristianos, a cofradía y hermandad, a hogares de gente familiar y a sencillez cotidiana. En un barrio de resonancias castizas y en el que sus encantos van mucho más allá, las noches más tranquilas en la programación Floración las proporcionan en ocasiones una epifanía. El paseante camina en silencio ante la torre de la basílica de la Asunción, y escucha el golpe de unos postigos al cerrarse y el ruido de unos pasos sobre el adoquinado: ya está, el casco antiguo de Cieza se entiende en ese instante.


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