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La escritora Espido Freire se deja seducir por la contemplación de la belleza efímera de la floración

Cieza.es | 27 de febrero de 2019 a las 10:49

Tarde o temprano, tenía que ocurrir. La escritora Espido Freire y la floración de Cieza estaban predestinadas a encontrarse. Y eso ocurrió este sábado cuando la ganadora del Premio Planeta 1999 con la novela 'Melocotones helados' se desplazó a Cieza para vivir una experiencia llamada hanami: la tradición japonesa de observar la belleza de los árboles en flor. Una imagen rosa, de tierras fértiles y paisajes montañosos que se pegan a la retina. La estampa, tan placentera, se produce en la Vega Alta del Segura donde la tierra ha sido capaz de absorber hasta la última gota de agua para emprender una floración de lo más insólita. Aprovechando el trabajo de los agricultores, la primavera se abre paso alfombrando los campos en tonos fucsias, blancos y rosas. Contemplar la floración al amanecer o al atardecer es una de las experiencias más impactantes que puede experimentar una persona. Quienes la han vivido dicen haber sentido un vínculo especial con la tierra, que ha reforzado su compromiso con la naturaleza.

Cada primavera, los frutales exhiben sus flores en una deslumbrante paleta. Días más tarde, el color se ha desvanecido. Como el azul intenso de un cielo de octubre o el naranja pálido de un atardecer, no se puede retener. En palabras de la escritora bilbaína, "algunos asocian la costumbre japonesa de observar los cerezos en flor a celebrar la belleza del momento y su fugacidad. Algo parecido con melocotoneros fue lo que viví ayer en Cieza".

Es posible que no exista un momento mejor que este para la contemplación de la floración en Cieza. No hace falta alejarse mucho del casco urbano para disfrutarlo. En la base de todo esto se encuentra el enorme atractivo natural de la floración. En los comentarios hechos en sus redes sociales Freire hace referencia a la floración de los melocotoneros en Cieza como "un lugar paradisíaco durante estos días. Una oportunidad que apenas dura unos días y que os recomiendo que no os perdáis".

La primavera llega una vez más, y lo hace, como siempre, de forma generosa en cualquier lugar, pero la que explosiona en las huertas y campos de Cieza es, sencillamente, espectacular. Se trata de un regalo para los sentidos y el alma. Días más largos y temperaturas por lo general agradables hacen de esta época del año un momento idóneo para disfrutar de los primeros melocotoneros en flor.

El verdadero placer de la floraciónes es el de pasear por los caminos y senderos de El Fatego, que están a tiro de piedra de la bulliciosa calle Mesones en el corazón del casco urbano. Sin embargo, si el visitante se aleja unos metros de la Esquina del Convento y se asoma a la calle Hontana, con su mirador sobre la huerta tradicional y el monte de la Atalaya, entonces logrará unas panorámicas impresionantes. Para la autora de la novela 'Llamadme Alejandra, "es un manto de belleza rosada que se extiende kilómetros y kilómetros".

Los últimos días de febrero marcan el ocaso del invierno. Cuando los árboles imponen sus diferentes tonalidades rosáceas, no resulta fácil sustraerse al encanto del Paseo Ribereño, un lugar que invita a deambular por su pintoresco trazado. Todo es precioso en este lugar de esparcimiento de los ciezanos que cuenta, entre sus numerosos tesoros naturales, con la acequia de la Andelma, el pino piñonero del Argaz o el monte de la Atalaya.

Paseando hacia el Puente de Alambre, los huertos por los que discurre el paseo se van tiñendo de colores suaves. El camino transita por una zona peatonal pegada al río tapado por álamos, olmos, chopos, zarzas y cañaverales. El monte de la Atalaya cae a pico sobre el manto floral. Se puede repetir la experiencia en otros parajes del término municipal. Cierto que allí predominan las enormes extensiones de cultivos de gran variedad cromática, pero son lugares que no están a un paso del centro de la ciudad.