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Pedro Avellaneda: "El día que no pinto, siento que me falta algo"

Cieza.es | 12 de abril de 2017 a las 11:25

Definido como un pintor en constante búsqueda de la belleza y de una fecunda creatividad, Pedro Avellaneda habla de su trayectoria en Cieza, donde nació en 1931, haciendo un recorrido fotográfico de su familia y amigos; entorno humilde y de cómo fue desarrollándose la vida hasta convertirse en un afamado sastre. Los recuerdos son precisos.

Acostumbrado a concentrar casi todos sus esfuerzos en lidiar con el lienzo en blanco y a dejarse ver sólo lo justo y necesario, este octogenario artista asegura que si pinta es para "sentirse vivo. Yo no sirvo para estar sentado en un banco. Necesito tener proyectos diarios, la jornada completa. El día que no pinto, siento que me falta algo". Es de ahí, de ese deseo de plasmar la vida, de donde ha nacido más de un millar de obras entre paisajes, retratos, bodegones y cuadros meramente expresionistas.

"Supongo que si te dedicas a pintar con 85 años de edad es porque la pintura lo sigue siendo todo", explica. Será por eso mismo que intenta no dejar de trabajar ni un sólo día en su estudio del Camino de Madrid, frente al Colegio Madre del Divino Pastor. "Lo único que siento es no haberme dedicado por completo a la pintura", reconoce. Tanto es así, que medio en serio medio en broma, confiesa que fue su padre el que "se empeñó en ponerme a trabajar a los 14 años en la sastrería familiar. Pertenezco a una familia de sastres de varias generaciones".

Hasta llegar al éxito la vida de Avellaneda estuvo llena de baches. Antes de verse obligado a dejar los estudios su sueño era dedicarse a la pintura, pero una serie de vicisitudes le hicieron abandonar su pasión. "No me gustaba el oficio de mi padre. Empezó a gustarme después de casarme, a los 31 años, cuando le hice a mi esposa un traje chaqueta. He trabajado mucho y he sido muy valorado. Sin embargo, la pintura es para mí como una llave que abre una puerta a un lugar en el que me siento más seguro y puedo estar muy a gusto. Trato de pintar con el corazón y transmitir sentimientos".

Es preciso en la evocación de los recuerdos. La llegada a Barcelona para estudiar corte y confección, los entresijos del mundo de la moda en los años cincuenta, así como de la sociedad catalana y la juventud de entonces; o su amistad con el pintor Joaquín Asensio Mariné (Barcelona, 1890-1961), cuando éste le aconsejó que no perdiera el tiempo en la sastrería familiar y se quedara a pintar con él. "A mi familia le costó mucho esfuerzo enviarme a Barcelona, pero esa fue la única condición que puse para continuar en el negocio familiar: estudiar en la mejor academia del país". Su paso por la ciudad condal sacó lo mejor de él obteniendo la máxima calificación y siendo el número uno de su promoción.

A Avellaneda siempre le ha gustado labrar la amistad porque tuvo la fortuna de tropezar con gente inteligente y comprensiva, desde José María Párraga (Murcia, 1937-1997) hasta Manuel Avellaneda (Cieza, 1938-2003), pasando por Jesús Carrillo (Cieza, 1931-2006) y Cayetano Toledo Puche (Cieza, 1945-1998). De algunos incluso ha aprendido lo que no hay que hacer, que eso es muy importante. "Jamás he recibido ni he dado consejos, porque yo no he sabido. Siempre me ha interesado la pintura, pero cono los años he descubierto que es lo que más me motiva. Lo que más gratifica es ver cómo tu trabajo evoluciona a lo largo de los años interesando al público".

Una fotografía: un Pedro adolescente, acompañado de su inseparable Manuel Avellaneda, pinta en una huerta del paraje ciezano de Las Delicias mientras una vecina le obsequia un cuenco de higos chumbos. Un precioso recuerdo. Aquellas jornadas le gustaban tanto que acabarían fraguando una sólida amistad con el pintor de las marinas. No para de hablar de él por los costados. "Su padre me lo trajo un día para que le enseñara a pintar. Su propósito era ser pintor, y pintor de las perspectivas que tantas veces había observado desde la altura de los picarchos. Era muy habitual las salidas al campo en las que más que pintar nos dedicábamos a comer sardinetas".

Durante la entrevista relata un episodio que ejemplifica a la perfección el alma de su añorado amigo: "Observando unas de sus obras, Manolo decía que el color verde no existe. El verde se hace porque es el resultado no de una simple mezcla de amarillo y azul, sino de miles de combinaciones de estos y otros colores que armonizan en los paisajes. Esto sucede cuando uno es capaz de mirar y ver en ellos las montañas azules abrazando a las tierras ocres y que ambas, instantes después, con la magia de la luz, son capaces de girar esos colores a otros en los miles de tonos que la naturaleza nos regala. Fue la lección de un creador emocionado ante su obra".

El veterano pintor es una persona que sabe conversar, con la que se puede hablar de cualquier tema y que es capaz de contar las cosas de una manera amenísima. Sus creaciones artísticas siempre se han caracterizado por su espíritu preciosista y minucioso. Y es que se mantiene fiel a un estilo de composiciones coloristas. La propia intensidad luminosa con la que recubre sus cuadros, con luces deslumbrantes, da una sugerente personalidad a sus paisajes. Asegura que le gusta plasmar las estaciones del año, descubriendo en cada una de ellas los matices cromáticos producidos por la intensidad de la luz, con una técnica rápida y segura.

Su lealtad al paisaje de Cieza, a sus referentes más constantes como la huerta y el río Segura, está en muchos de sus trabajos. En su larga trayectoria siempre ha pesado de modo determinante sus influencias estéticas. A su juicio, "mis paisajes son unas veces impresionistas y otras veces expresionistas. Incluso me he atrevido con la abstracción porque me gusta explorar nuevas formas de expresión". Su generosidad sin límites le ha llevado a desprenderse de algo irrepetible si con ello hacía feliz a alguno de sus amigos. "¡Y mira que me cuesta desprenderme de mis obras!", exclama.

Algo bueno tenía que traer el andar removiendo con tanto afán en la vida artística de esta ciudad. Tras muchos años en los que su obra siempre tenía un hueco en el Museo Siyâsa, Avellaneda sigue al pie del cañón. Y lo hace por su decidida vocación por la pintura y por su capacidad para reflejar la belleza. Un reflejo que además de su incuestionable calidad y capacidad de interpretación de la belleza, ha venido aderezado siempre en sus obras por un uso personal del color. Es un artista de una época en el que se encarna toda una manera de vivir y de entender el mundo.

Tanto que ha sido capaz de empujar a toda la pintura ciezana del siglo XX hacia una transición al siglo XXI ante la que los jóvenes no se han mostrado precisamente indiferentes. Sin renunciar a su estilo tan personal, este pintor autodidacta ha sabido cautivar también a los espectadores más jóvenes que han visto en él a un auténtico maestro, a un verdadero dechado de esmero estilístico que pinta desde el corazón. Ha trabajado mucho, pero las mayores satisfacciones de su vida como sastre y pintor se las ha dado la convivencia con su familia y sus compañeros de pinceles y viaje.